VIDA Y MUERTE EN LA TRADICIÓN ANTIGUA DE MÉXICO

VIDA Y MUERTE EN LA TRADICIÓN ANTIGUA DE MÉXICO



Sentido de Existencia

Vida y Muerte en nuestra Cosmogonía

Niveles Cosmogónicos Anahuakas

¿Qué es en sí la Muerte?

¿Para qué la Muerte?

Viaje al Mictlan y destinos de la Muerte

Ritos Funerarios

La Consciencia de Muerte

Celebración a los Muertos




 

Existen acontecimientos que nos despiertan a la consciencia de muerte, a lo finito que es nuestro paso por la tierra; nos cuestionan sobre nuestro sentido de existencia y nos confrontan con la necesidad de cambiar nuestras formas de vida. Tal es el caso de la enfermedad, la partida de algún ser querido, la quiebra económica, la ruptura de relaciones afectivas…que nos generan un estado de crisis.
Nadie nos enseña a honrar la vida y, normalmente ponemos los problemas por encima de la vida metiéndonos en un sentimiento de estar perdid@s; sin saber qué hacer y hacia dónde caminar.
Cuando eso sucede, es porque algo o todo necesita ser redefinido desde nuestro interior…nuestro sentido de existencia.

 

EL SENTIDO DE EXISTENCIA

¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Qué le da sentido?
La pregunta por el sentido de la vida es una pregunta filosófica vital que nos afecta en lo más profundo de nuestro ser. No podemos permanecer indiferentes frente a ella. De hecho son estas
preguntas y respuestas las que hacen la diferencia entre un ser dormido de otro despierto:

¿De dónde vengo?

¿Para qué estoy aquí?

¿Hacia dónde voy después de la muerte?

 

¿DE DÓNDE VENGO?

Nuestros antiguos mexicanos, en sus observaciones y estudios del cosmos llegaron a comprender que la creación material, está formada por dos partes: la parte masculina, Ometecuhtli y la parte femenina, Omecihuatl. Estas partes no son contrarias; se complementan para formar una unidad, el uno.

  • Ometecuhtli, la fuerza masculina, representa el Todo, el origen; la fuente de la creación, lo activo y
  • Omecihuatl, la fuerza femenina, receptiva, de quien todo nace.
  • Ometeotl, la unión de ambas fuerzas; el principio de todo lo creado.


Todo el equilibrio del universo depende de la interacción armónica de Omecihuatl y Ometecuhtli y el factor que debe velar por este equilibrio cósmico no son los dioses sino el mismo ser humano, con base en el Conocimiento heredado por nuestros ancestros.

Este conocimiento enseña al hombre a vivir de forma armónica con su entorno, a crear sociedades justas  y verdaderamente humanas. Enseña como guardar el equilibrio cósmico y el despertar de la conciencia superior en el hombre para transformarlo en un hombre completo en el cual su Ometeotl interactúa de forma armónica para crear, dentro de sí, la unidad; el Ce.

 

Desde nuestro centro podemos asumirnos como hijos del Padre Sol y la Madre Tierra capaces de vivir en armonía con todo lo visible e invisible; de experimentarnos como parte integral de la creación.

 

Las formas de vivir en unidad con todo lo que vive han sido custodiadas por Guardianes del Tradición y Costumbre como la esencia de la Sabiduría Ancestral y nos son transmitidas como puertas de la conciencia que se abren a la reconexión con nuestro potencial divino.

 

En síntesis, la Humanidad tiene como sentido de existencia, el emprender su retorno a la totalidad, al origen para reconectarse con la fuerza unificadora del universo.

 

Dicho por los Ancestros: somos polvo de estrellas que descendemos del Ometeotl, para volver a él.

 

 

¿PARA QUE ESTOY AQUÍ?

 Para trascender la dualidad y volver a ser uno con el todo.

 

        DUALISMO   EN   NUESTRO   SER

 

Cuerpo Físico

 

Mente

Parte Concreta

Parte Insustancial

Aloja a la mente; al yo

El doble; receptáculo de energía

 

Al morir, lo denso regresa a la tierra

Al morir, la parte ligera se libera y, normalmente, se dispersa en el universo

 

Esta división mantiene nuestra energía en un estado de separación caótico que le impide aglutinarse. Si no hemos borrado nuestro dualismo en vida, tenemos una muerte ordinaria y nuestra energía se disuelve en el universo. Para los brujos o chamanes del Mexihco Antiguo, morimos porque la posibilidad de ser transformados no forma parte de nuestros conceptos.

Desde ésta perspectiva el único propósito verdadero del ser humano es trascender la muerte; es decir, poder transitar conscientemente las dimensiones para llevar nuestra energía a fundirse nuevamente con el origen, con la fuente; con el Ometeotl. Todos los demás logros son transitorios puesto que la muerte los disuelve.

 

EL TONAL Y EL NAGUAL

Don Juan utiliza el término de tonal para referirse al mundo conocido que es captado, interpretado y enjuiciado a través de la parte racional del cerebro y al nagual al de la percepción con la que accedemos y atestiguamos otras realidades.  Nacemos completos; con el tonal y el nagual integrados. Al principio y algún tiempo después del nacimiento somos todo nagüal pero, poco a poco, el orden cotidiano del tonal colectivo va avasallando al nagual hasta que somos todo tonal generándonos así, el sentimiento de incompletud que nos lleva a cuestionarnos sobre las formas de autorealizarnos. ¿Será que a ésta vida venimos a trabajar para consumir y ser alguien exitoso (con dinero) en la vida?

Lo importante es que más allá del tonal que se puede perder en la mátrix, el nagual siempre está ahí, imbuyéndonos ese sentimiento de incompletud; de inconformidad con lo que hago y soy.

El nagual es esa parte mágica con la que tratamos cuando niños. Su esencia reside en el ámbito de la creatividad, la fantasía y la intuición; es el mundo del poder el cual deja de ser percibido por la gran mayoría.  El camino del chamán es “barrer el tonal”; la importancia personal para ahorrar energía, poder entrar al mundo del nagual y enfrentar, con impecabilidad, la vida como el desafío interminable que es. Visto así, no existen desafíos buenos o malos; nada de que lamentarse; ni bendiciones ni maldiciones en la vida. El chamán sabe del sentimiento de incompletud que le genera ignorar al nagual y, por ello, busca ser íntegro.

Con el tonal se nace y, lo más importante, es que se muere con él.  Con el nagual, en cambio, se trasciende la muerte.

 

¿A QUÉ VENIMOS? A experimentar el mundo dual para trascender nuestra parte obscura, nuestra sombra y manifestar nuestra esencia divina para, así, trascender la muerte y volver a la fuente.

¿PORQUÉ VENIMOS? Por elección propia de nuestro espíritu. Encarnamos en un cuerpo físico, para materializar nuestra existencia en éste plano dual y servir a la iluminación/evolución de la humanidad dentro del eterno retorno entre vida y muerte.

 

VIDA Y MUERTE EN NUESTRA COSMOGONÍA

Vida y Muerte son opuestos complementarios ligados con el sentido de existencia: si no existe la muerte, no puede existir la vida y viceversa.

                       

                       Hembra                       Macho

                         Frío                               Calor

                         Abajo                           Arriba

                         Inframundo                 Supramundo

                         Lluvia (Xopan)             Sequía (Tonalco)

                         Obscuridad                  Luz

                         Noche                          Día

                         Muerte                         Vida

 

 

NIVELES COSMOGÓNICOS ANAWAKAS

Existen tres niveles cosmogónicos que dan sentido a la existencia; al eterno retorno entre vida y muerte:

1)   TOPAN: Tonatiuh; el Cielo y los niveles superiores; el supramundo

2)   TLACTIPAC: Tlakatl; el nivel del hombre

3)   MICTLAN: Tlatecuhtli; fuerzas inferiores que emanan de la tierra; el inframundo

TLACTIPAC es el plano en el que vivimos; nuestro lugar de acción; donde se pone a prueba lo aprendido y trabajado; donde luchamos contra nosotros mismos. El centro es sagrado; el lugar donde interactúan las fuerzas celestes y las del inframundo; el lugar de la reconciliación de los opuestos: vida y muerte.

El trabajo en éste plano es trascendental. Tiene como fin encontrar el Centro para vivir en el aquí y el ahora (Nican Axcan) para conquistar nuestra libertad y trascendencia de lo humano.

El camino al centro conlleva dificultades en el encuentro con uno mismo. La lucha interna es individual e intransferible. Consiste en “darnos cuenta” de que:

1° lo verdadero, real y cierto en éste mundo ni se ve, ni se toca

2° el mundo material es solo un espejismo en el que se manifiesta la omnipresencia del espíritu y

 3° que somos finitos (mortales); que partiremos de ésta realidad y lo único que cuenta es lo que hayamos hecho estando aquí; en éste tiempo y espacio; con éste cuerpo y   condiciones frente a la maravillosa oportunidad de que nuestro espíritu trascienda la muerte física.

Como dijera mi maestro Guillermo Marín, la lucha es “contra la fuerza de gravedad que arrastra a nuestra materia a los abismos de la estupidez y la irresponsabilidad existencial”. (Guillermo Marín: Vida y Muerte)

 

¿QUÉ ES EN SI LA MUERTE?

La muerte es, en sí, un proceso de desintegración del cuerpo físico, de pérdida de la individualidad y de purificación del alma para que sirva como materia prima para formar a otros seres humanos.

 

Vivimos para morir y la muerte física es el inicio de una vida eterna pues la verdadera vida está en el plano espiritual.

Escuchemos nuestros cantares mexicanos:

No para siempre en la tierra; solo un poco aquí.                 “Cuando morimos, no en verdad morimos, porque vivimos, resucitamos, seguimos viviendo, despertamos. Esto nos hace felices”.

Cada uno de nosotros tendrá que hacer su última danza y la muerte se sentará a contemplarnos. En ésta danza expresaremos todo lo que deseamos ser, todo lo que pudimos ser y todo lo que en verdad fuimos. Ahí entenderemos la razón por la cual fuimos amorosamente sembrados en nuestra Madre la Tierra.

 

¿PARA QUE LA MUERTE?

Uno muere para purificarse de los agregados anímicos producto de la subsistencia (alimento físico y emocional) en la vida terrenal.

En la cultura mesoamericana, después de la muerte, el alma permanecía en el cuerpo 4 días; el proceso de purificación tardaba 4 años después del deceso y había 9 lugares que recorrer en el camino al Mictlan, para alcanzar el descanso definitivo (Sahagún).

 

VIAJE AL MICTLAN Y DESTINOS DE LA MUERTE:

La muerte es un rito de paso de lo profano a lo sagrado; de lo efímero y lo ilusorio a la eternidad; del hombre al Ometeotl; a la fuente, al origen del cual provenimos.



De acuerdo a la manera de morir y no por la conducta en ésta vida, el alma encuentra su destino:

1° Los que mueren por elección divina (notables)

En vez de cuatro años de penalidades, se les concede trabajar para los Dioses

 

2° Tlalocan; el paraíso de Tlaloc o Cerro de las Aguas, el Viento y la Vegetación

A él van los ahogados o tocados por un rayo; los que padecieron enfermedades por humedad: reumas, gota o contagiosas e incurables; sarnosos y leprosos. Se convierten en ayudantes para el cuidado de la lluvia.

 

3° Ilhuicatonatiuh o Cielo del Sol. A el van los guerreros muertos en guerra, quemados o sacrificados al Sol y las mujeres que mueren dando vida en el parto.

Todos ellos iban, como premio a su valentía, al cielo donde vive el Sol Huitzilopochtli y lo acompañaban en su caminar cotidiano de la luz a la oscuridad. Los guerreros lo hacían del amanecer al cenit y las guerreras del cenit al atardecer.  Se creía que los que ahí permanecían, durante cuatro años, se convertían en aves.

 

4° Chichihuacuahco o Árbol de las Mamas. A éste iban las almas de los niños que no pudieron nacer o que no alcanzaron a ingerir alimento muerto; es decir, sin carga de muerte que expiar. Es éste un paraíso en donde existe un inmenso árbol del que brotan gotitas de leche de sus ramas. Esos seres y niños permanecen ahí en espera de su regreso al mundo.

 

5° Mictlán o Ximoayan, lugar común de los desencarnados.  A el van quienes fallecen por cualquier otra causa. Por ser un lugar “poco favorable” o no privilegiado, los españoles lo denominaron infierno.

 

RITOS FUNERARIOS

Los mexicas tenían dos tipos de ritos funerarios: la cremación y el entierro

 

Los muertos comunes se incineraban. Se les envolvía con telas en posición fetal y se les ponía una máscara. Las cenizas se guardaban en una urna y se les ponía un trozo de jade, como símbolo de vida.

El entierro estaba destinado a los altos funcionarios y a los soberanos. Se les ajuareaba lujosamente con joyas y máscaras funerarias y en la boca se depositaba una piedra de chalchihuite que reemplazaba al corazón verdadero.

El ritual de los primeros tiempos al simple acto de morir, ha sido olvidado, junto con su música y su danza; pero quedaron como testimonios los objetos materiales resistentes, las ofrendas que acompañaban a los muertos.

LA CONSCIENCIA DE MUERTE

En las sociedades modernas, uno de los haceres centrales sobre los que descansa la construcción del ego de los individuos, y por extensión la construcción del «ego» de la sociedad, es la negación de la muerte.

Se nos entrena desde muy pequeños para olvidar que vamos a morir. Ese olvido naturalmente alivia parte de nuestro aprendido miedo a lo desconocido, pero nos cobra el altísimo precio de hacernos también olvidar la GRANDEZA DE LA VIDA.

La negación social de la muerte es un rasgo particular de la cultura europea. Los antiguos toltecas en particular, hicieron de la conciencia de muerte uno de los valo­res básicos que regían su vida, tanto en lo social como en lo indi­vidual. La Vida, decían, es para prepararse para morir; para trascender la muerte.

Y es que la muerte es, en sí, el misterio. Es lo desconocido. Y se nos ha enseñado a temer el misterio y a negar lo desconocido. Así, hemos aprendido a olvidar lo único que realmente es seguro en nuestra vida: la muerte.

En el fondo del asunto es el ego quien teme a la muerte, y con justa razón. Ante la muerte, el ego se reduce a lo que siempre fue: nada.  La muerte no es la negación de la vida sino la negación del ego. Así, la conciencia de muerte representa uno de los caminos para llevarnos ‑en vida‑ más allá de las fronteras del ego.

De ésta forma, la conciencia de muerte es uno de los accesos a la Conciencia de Ser: somos seres luminosos; somos un campo de energía, no un ego.

Porque nos sentimos inmortales nos permitimos:

‑ Postergar para un mañana inexistente decisiones y acciones importantes

‑ Reprimir nuestros afectos, negándonos a expresarlos, olvi­dando que el único tiempo para tocar, acariciar y encontrarse es hoy

‑ No apreciar la belleza aprendiendo a verlo todo «feo» o difícil

‑ Tener la necesidad de defender nuestra imagen

-Abandonarnos a sentimientos de odio, rencor y resentimiento

‑ Preocuparnos por pequeñeces hasta el punto de la ansiedad y la angustia

‑ Nos quejamos, somos impacientes, nos enfermamos

 

Un mortal consciente no se puede permitir semejante desperdicio de su tiempo único, breve e irrepetible sobre la tierra. Por eso un mortal consciente es un guerrero que hace, de cada acto, un desafío. El desafío de vivir tan digna e impecablemente su momento como su poder se lo permita.

Como la muerte lo puede tocar a uno en cualquier momento, un gue­rrero se da por muerto de antemano y considera a cada acto «su último acto sobre la tierra» dando lo mejor de sí mismo. Sus actos tienen, por tanto, un poder especial.

Llegar a la conciencia de la muerte no es asunto de reflexión sino un fenómeno de conciencia corporal. La conciencia de la muerte radica en el lado izquierdo de la conciencia; es uno de los aspectos de la conciencia del otro yo y sólo mediante la práctica del no‑hacer puede ser rescatada.

La técnica de usar a LA MUERTE COMO CONSEJERA es uno de los ejercicios del NO HACER que puede uno utilizar para rescatar esta conciencia. A través de ésta podemos ver que, comparadas con la muerte, hasta las situaciones más tremendas del mundo cotidiano, en realidad son insignificantes. Estamos vivos. Y la muerte nos aguarda.

Un ser humano es la suma de su poder personal y no la suma de su historia personal. Eso es, como dijera Don Juan,

lo único que, de verdad, importa.

 

CELEBRACION A LOS MUERTOS

Las ceremonias ritualísticas dedicadas a los muertos se practicaban desde antes de la llegada de los españoles. Algunas fuentes como Fray Durán, Torquemada, Sahagún y Krickeberg señalan que, en el calendario mexica de 18 meses, los meses noveno y décimo denominados Tlaxochimaco y Xocolhuetzi respectivamente, estaban dedicados a la celebración del día de los muertos:

del 22 de julio al 10 de agosto, Micailhuipantli o pequeña fiesta de los muertos para la celebración de los niños que no pudieron nacer o murieron siendo niños y

del 11 al 30 de agosto: Huey Mikailhuitl o Gran Celebración de los Muertos para los difuntos grandes. En ésta última se coincidía con la cosecha del maíz tierno como símbolo de abundancia y sustento. Estas fechas fueron cambiadas con la evangelización al 1° de Noviembre en que se celebran   Todos Santos (niños) y el día 2 de Noviembre a los Fieles Difuntos (adultos).

El elemento más representativo de la festividad de Día de Muertos en México son los altares con sus ofrendas, una representación de nuestra visión sobre la muerte, llena de alegorías y significados.

Estas se presentan a las fuerzas del inframundo para que los muertos se alimenten del aroma; de la esencia y puedan continuar su camino; para que su permanencia en el más allá sea sustentada por sus seres queridos que les recuerdan con cariño en la Tierra.

 

ALTARES Y OFRENDAS

Tradicionalmente los altares tienen niveles, y dependiendo de las costumbres familiares, se usan dos, tres o siete niveles. Los altares de dos niveles, los más comunes hoy en día, representan la división del cielo y de la tierra; los de tres niveles representan el cielo, la tierra y el inframundo.

 

El tradicional por excelencia, es el altar de siete niveles, que representan los niveles que debe atravesar el alma para poder llegar a reintegrarse a la fuente; al origen. Cada escalón, es cubierto con manteles, papel picado, hojas de plátano, palmillas y petates de tule; cada escalón tiene un significado distinto.

 

En el más alto se coloca la imagen del santo de devoción de la familia; el segundo, está destinado a las ánimas del purgatorio; en el tercero se coloca la sal, símbolo de la purificación; en el cuarto el pan, que se ofrece como alimento y como consagración; en el quinto se colocan las frutas y los platillos preferidos por los difuntos; en el sexto las fotografías de los difuntos a los que se les dedica el altar y por último, en el séptimo, en contacto con la tierra, una cruz formada por flores, semillas o frutas.

Cada elemento puesto en el altar tiene su propio significado e importancia. El copal y el incienso representan la purificación del alma, y es su aroma el que guía a los difuntos hacia la ofrenda. El arco, hecho con carrizo y decorado con flores, se ubica por encima del primer nivel del altar y simboliza la puerta que conecta al mundo de los muertos; es considerado el octavo nivel que se debe seguir para llegar al Mictlán.

El papel picado y sus colores representan la pureza y el duelo, actualmente se adornan con calaveras y otros elementos de la cultura popular como las Catrinas. A través de las velas, veladoras y cirios está presente el fuego, que se ofrenda a las ánimas para alumbrar su camino de vuelta a su morada. Es costumbre, que se coloquen cuatro veladoras, representando una cruz y los puntos cardinales, pero también en algunas comunidades, cada vela representa un difunto, por lo que el número de velas dependerá de las almas que reciba la familia.

EL DÍA DE LOS MUERTOS EN MÉXICO

 

OFRENDAS A LOS MUERTOS

En nuestras ofrendas nunca pueden faltar: el agua, la fuente de vida, necesaria para calmar la sed del visitante después de su largo recorrido y la sal, elemento de purificación que sirve para que el alma no se corrompa en su viaje de ida y vuelta.

El pan de muerto, tiene un doble significado. Por un lado, las tiras sobre la corteza representan los huesos y el ajonjolí, las lágrimas de las ánimas que no han encontrado el descanso.

La flor de cempoalxóchitl, la nube y el moco de pavo son las flores que decoran las ofrendas y los cementerios; al igual que el copal, se cree que su aroma atrae y guía a las almas de los muertos.

Las calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto, así como otros alfeñiques, hacen alusión a la muerte y se acostumbra escribirles en la frente el nombre del difunto.

                                                                                

Se coloca, también, la fruta de temporada: mandarina, guayaba, naranja, manzana, plátano macho y tejocote.

Lo más importante es lo que se cocina para ellos: comida dulce como chocolate para beber, la calabaza en tacha y el mole y los tamales a los que se agregan la comida preferida de los difuntos, el tequila, el mezcal, la cerveza y los cigarros.  

                                                                                                               

En ocasiones se coloca la escultura de un perro Xolozcuintle, que ayudará a las almas a pasar el Río Chiconauhuapan para llegar al Mictlán; además, representa también la alegría de los niños difuntos.

Así e independientemente de que la celebración del Día de Muertos varíe entre regiones y pueblos, todos tienen un principio común: la familia se reúne para dar la bienvenida a las ánimas, colocar los altares y las ofrendas, visitar el cementerio y arreglar las tumbas, asistir a misa, despedir a los visitantes y sentarse a la mesa para compartir los alimentos que, tras haber sido levantada la ofrenda, han perdido su aroma y sabor, pues los difuntos se han llevado su esencia.

 

LA VISITA AL PANTEÓN O CEMENTERIO

En esta festividad, es obligado visitar las tumbas de los difuntos para limpiarlas y arreglarlas con flores y veladoras, colocar una ofrenda sobre el sepulcro y pasar allí la noche en vela con la familia reunida. Se les recuerda compartiendo   sus principales anécdotas e incluso se les acompaña con  música de mariachis, tríos y otros grupos de música locales.



LA CATRINA

No podríamos culminar ésta presentación sobre la vida y la muerte, acorde a nuestras tradiciones actuales en México, sin incorporar a la Catrina.

Este personaje femenino tiene más de 100 años de historia. En sus inicios, surgió como una burla a los indígenas que se habían enriquecido y menospreciaban sus orígenes y costumbres.

"La Catrina", creada por el caricaturista mexicano José Guadalupe Posada, originalmente se llamaba La Calavera Garbancera. Esta palabra provenía de los vendedores de garbanzo que, siendo pobres, aparentaban ser ricos y pretendían tener el estilo de vida de los europeos.

Esta crítica social la supo plasmar magistralmente este caricaturista dándole fama a nivel mundial. La influencia de la obra de Posada la retoma posteriormente Diego Rivera.

Este importante muralista acopla el término al de La Catrina en su obra "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central". Aquí aparece el artista José Guadalupe Posada del lado derecho de la Catrina y a la izquierda, una versión infantil de Diego Rivera. Por detrás de este último,   se encuentra la reconocida pintora mexicana Frida Kahlo.

En los últimos años ha sido creciente el número de desfiles de Catrinas que se organizan en las capitales de los Estados de la República.










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